jueves, 8 de septiembre de 2011

Ensayo

He decidido caminar con mis pies desnudos, nada tiene más importancia que perderme en la tarde, sumisa, entregada. Calmo sentimiento que acaricia mis orejas, mis ojos, los labios que besan. Y dormir desnuda sobre el manto olvidado del sueño, crecer en él y profundizar en sus ranuras como dando vida a la flor o a la ceniza.
Entre mis pies y mis manos, el hierro y la pluma. Arrojo los pecados de vivir enamorada del vivir, luces y sombras juntos como encías y dientes.
Ruinas de historia pasean por mi memoria, ladran, gritan, lloran y desde esta playa las libero, dejo que vuelen y en su vuelo arrastren el lodo que flota boca arriba.
El horizonte es mi voluntad, arqueada sonrisa, cicatriz y rastro de mi carne.
Vagamente borré nombres, ausentes ya de pruebas esperando nombrarse felicidad.
Me estremece el peso incalculable de las alas sin vuelo, de inclinarme sobre tu oído y que no puedas escucharme u oírme, acostumbrarme a la caricia indómita de la muerte.
Todo quiere ser cuerpo, las piedras, los ríos, los montes, el dócil abrazo...todo es cuerpo.
Mi libertad me trae el olor a maderas, descánsala hoy en ti, siente su fuerza y su infinito silencio, el mundo se paró para contemplar tu risa ¿lo ves?, la misma carne vuelta que nos cubre, aprendió de nuestro gozo.
Dulcemente voy callando y bajo estos cielos abiertos continúo ungiendo la frente que toca el infinito sin duda y sin mañana.
Esther Ruiz.

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