He decidido caminar con mis pies desnudos, nada tiene más importancia que perderme en la tarde, sumisa, entregada. Calmo sentimiento que acaricia mis orejas, mis ojos, los labios que besan. Y dormir desnuda sobre el manto olvidado del sueño, crecer en él y profundizar en sus ranuras como dando vida a la flor o a la ceniza.
Entre mis pies y mis manos, el hierro y la pluma. Arrojo los pecados de vivir enamorada del vivir, luces y sombras juntos como encías y dientes.
Ruinas de historia pasean por mi memoria, ladran, gritan, lloran y desde esta playa las libero, dejo que vuelen y en su vuelo arrastren el lodo que flota boca arriba.
El horizonte es mi voluntad, arqueada sonrisa, cicatriz y rastro de mi carne.
Vagamente borré nombres, ausentes ya de pruebas esperando nombrarse felicidad.
Me estremece el peso incalculable de las alas sin vuelo, de inclinarme sobre tu oído y que no puedas escucharme u oírme, acostumbrarme a la caricia indómita de la muerte.
Todo quiere ser cuerpo, las piedras, los ríos, los montes, el dócil abrazo...todo es cuerpo.
Mi libertad me trae el olor a maderas, descánsala hoy en ti, siente su fuerza y su infinito silencio, el mundo se paró para contemplar tu risa ¿lo ves?, la misma carne vuelta que nos cubre, aprendió de nuestro gozo.
Dulcemente voy callando y bajo estos cielos abiertos continúo ungiendo la frente que toca el infinito sin duda y sin mañana.
Esther Ruiz.
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