Se movían los campos
entre las mareas
entrantes y salientes
de los obstinados ojos.
Si soñar significaba muerte,
morir sobre aquel verde
sería la derrota absoluta
de la tarde.
Interrogando al cielo,
acariciaba suave su vereda.
Todos los caminos pasarían
por mis manos.
Tanto mar...
tanta vida...
reflejo silencioso
del puzle que marca destino.
Y tú,
bajo aquella sombra,
molécula diminuta
del fascinante mundo.
A ti y solo a ti...
te estaba amando.
Esther Ruiz
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