Y muestro esta debilidad mía de besar tu boca, queriéndote antes del silencio, hundirse en la satisfacción de dos lenguas voluntarias. El beso no podría resistir lo que resisten ellos, los ojos, el tacto, la sangre, el alma, no podría acudir a nosotros en esa intimidad creadora de los labios que palpan. Por ello, liberamos el gozo con soledades nuevas, entre una y otra, para olvidar los antiguos trajes que nos vestían.
Esther Ruiz.
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