¿Y
si inundamos la primavera
con
el húmedo hueso de nuestras
propias
lenguas?
¿seriamos
capaces de escapar
del
mundo desordenado,
de
sus horas,
de
sus tiempos,
de
sus inútiles relojes de arena?
¿Dejarías
correr los ríos,
los
triunfos y sus derrotas?
Retroceder
en la tarde
como
regresa la mirada
audaz
e íntima que proporciona
la
espera.
¿Podríamos
inventar el nervio
del
sueño, ser el músculo que
da
vida a la propia muerte?
Besar
la ilusión de nuestros ojos
enfrentados
sin ofensas,
sin
ruegos, sin demora.
Reconocernos
erguidos
bajo
nuestro aliento.
¿Dime,
podríamos existir
entre
el vértigo y el vientre
que
engendramos?
Amor,
inventa el infinito,
dale
forma entre la infinitud
de
heridas y la nostalgia anónima
de
los que eramos y hoy,
por
fin, se buscan.
Esther
Ruiz