domingo, 3 de febrero de 2013

25.


¿Y si inundamos la primavera

con el húmedo hueso de nuestras

propias lenguas?

¿seriamos capaces de escapar

del mundo desordenado,

de sus horas,

de sus tiempos,

de sus inútiles relojes de arena?

¿Dejarías correr los ríos,

los triunfos y sus derrotas?

Retroceder en la tarde

como regresa la mirada

audaz e íntima que proporciona

la espera.

¿Podríamos inventar el nervio

del sueño, ser el músculo que

da vida a la propia muerte?

Besar la ilusión de nuestros ojos

enfrentados sin ofensas,

sin ruegos, sin demora.

Reconocernos erguidos

bajo nuestro aliento.

¿Dime, podríamos existir

entre el vértigo y el vientre

que engendramos?

Amor, inventa el infinito,

dale forma entre la infinitud

de heridas y la nostalgia anónima

de los que eramos y hoy,

por fin, se buscan.


Esther Ruiz

26.


Tengo que desgranar las ganas,

dormir en la tierra humilde

del paladar de tu boca.

Que tu mano baje

por el puñado de huesos que soy

formando músculo y nervio,

tejido y órgano,

para completar sobre ti

el cuerpo humano que te quiere.

Esther Ruiz.

27.


Me gusta tanto la cotidianidad de tus ojos, que se me escurre por entre la mirada las cosas pequeñas.

Son esquinas profundas que se pueden contemplar sin vértigo ni espanto.

Me gusta tanto la cotidianidad de tus ojos, cuando el golpe de risa atraviesa tu boca, disfrutandonos enteros los párpados horizontales de la reposada incógnita.

Me gusta tanto la cotidianidad de tus ojos, cuando me dejas trepar por el silencio de observarme, ellos están uniformados de ansiedad cuando miran el amor de frente.

Me gusta tanto la cotidianidad de tus ojos, cuando ceñidos a los míos estás salvando el continente del día, en su embriaguez de pupilas que narcotizan todo lo que aman.

Me gusta tanto la cotidianidad de tus ojos.

Esther Ruiz

28.


Por las mañanas, resuenan los huecos que dejas entre las cinceladas sombras de la noche. Lo supuesto es la vida, por eso estamos desnudos entre torrentes de años y ensueños , traspasando los límites antiguos de antiguas carnes.

De noche la distancia es más oscura. El negro velo de sus labios es como la inmóvil flor sin primavera, como el cadáver que queda si se olvida. Al tenerte de menos me voy al encuentro con el dolor, al contacto ardiente de la noche que consume, rasga, rompe.

Entre las venas oscuras de la noche me abro a la mañana, con la razón de mis manos llenas de ruinas, voy creando el puente que nos salve de fríos futuros.



Esther Ruiz

29.


Lo que yo soy lo saben tus ojos, ansiedad diluida en un vaso de mar.

Lo que yo soy lo saben tus manos, estrofa externa de sus palmas.

Lo que yo soy lo saben tus hombros, este morir incesante en el centro de tu mirada.

Lo que yo soy lo saben tus costillas, resaca amorosa de mi vientre insurrecto.

Lo que yo soy lo saben tus sueños, amante receptivo de mi acariciador de noches.

Lo que yo soy... ¿me preguntas que soy?



Esther Ruiz.

30.


Diario de un almanaque.

Hoy me sobra el tiempo, voy trenzando los ojos a distancia. Tropiezo con muebles y lluvias imprevistas sin cansarme, con la dignidad del que cuenta risas. Me acuerdo de ti.

Hundo mi mano en la tierra para segregar el jugo de tu voz, ebriedad de sentirme labio enamorado. Todo se ordenar, el tiempo incluso completa su orden, no es verdad que este soñando. La realidad custodia los gritos del amor, su juntura y médula uniformes, a veces lo llamo dulzura. Tengo tiempo de mirar las cosas, de contemplarlas sin miedo abriendo el amor al aire, con ojos indemnes como el alma.

Esther Ruiz

31.


Verso verdadero,no importa que sientas frío en el alma, recobraremos a golpes de palabra el sudor de tu tinta.

Cuando desde las venas reventadas el poeta aprenda su ruina, acoge su sangre, su raza... entre las ranuras secretas de sus insomnes párpados.

No olvides tu condición inagotable verso, la exactitud de tu tristeza ni tu estrofa de llanto, muéstrate desnudo objeto de mi gana.


Esther Ruiz.

32.


Que me juzguen frente al mar los ojos que nos observan, asumiré la pena impuesta desde el corredor hondo de su locura. Ellos están hechos de huida, en cambio yo, me forme por tu cuerpo, por tus ganas, como se forma un futuro a tragos lentos.

Esther Ruiz

33.


Estúpida vida que quería vivir sin nuestros brazos.

La vaga imagen de los espejos nos hacía regresar la mirada. El rostro fiero y corpóreo en su resignación absoluta de muerte, desafiaba el ejercicio rítmico del cuerpo que lo sostenía.

¿Donde te encontrabas entonces, antes de que mi carne fuera carne? cuando mis manos dormían el letargo impuesto por la temerosa costumbre de sentirse vacías. Interrogo la astucia mortal que en mis huesos engendraron ausencias, viviendo el efímero sueño del pasado.

Tengo que rodear tu presencia, en el instante que exalta el hueco por donde llega tu mirada, quedarme allí, sobre esta obligada prisa que inexorablemente te entrega el mundo en un pequeño gesto, en un latido de brazos.



Esther Ruiz

34.


A grandes saltos

se abre la tierra profunda.

En ambos lados

tú y yo

apartados

asesinando despacio los días.



Esther Ruiz

35.


Hay silencio.

Las estancias llenas de silencios. Perforan el tímpano del tiempo en su flujo callado, se quedan, se meten, se adueñan. Son silencios bellos, brotan del interior al borde de todas las cosas. Revotan en las paredes, en el escritorio, en la taza de café, en las letras. Son como estaciones de trenes, como ramas de lluvia que golpean torpes la vidriera.

Hay silencio.

Para hacer el amor, hace falta silencio. Retorcerse en el sonido que abraza el buen amor, en las voces que se llaman y que se están mirando. La carne estremecida tiembla entre tierra y agua, a bocanadas bebiendo vida y muerte, declarando vencido el enorme corazón.

Hay silencio.

Íntimos silencios para el cuerpo que se ofrece. También te amo en esta hora de silencio.



Esther Ruiz.

36.


Si vencemos al crepitar desnudo del silencio, a los despojos rotos que quieren amordazar las lenguas, a la permisible sombra con sus labios sonrientes, al desahucio de los dedos, a la prisión de la piel dormida, a la arquitectura de los sueños vacíos, al aniquilado contacto del fuego y el agua, a la dureza de las bocas que no conocen, a la palabra quebrada, a la ignorancia preñada de dudas, a la soledad y a su brecha imparable, a la espada mortal que destruye el “somos”, a los miembros con límites, a las entrañas yermas, a los juicios sin aliento...

Si vencemos, dejaremos de ser almas ciegas.

Esther Ruiz.


37.


Ahora que somos tú y yo

que dejo de escribir para llamarte,

para nombrarte desde el pensamiento hacía la palabra.

Ahora que las bocas juntas

tropiezan con el corazón desmesurado.

Ahora... nuestra carne será la recompensa

al insulto silencioso del profundo océano.

Esther Ruiz.

38.


Te muerdo con dientes de amor...entre los rumores de la aurora voy depositando en ti los labios que embisten, vaciando mi ternura en tu boca.

Con pulmones abiertos y frases cortas, voy profanando el recurso absurdo de andar solos, lo deshago, lo interrumpo, lo elimino de nuestras córneas. Dejo libre los párpados para observar los techos del mundo que nos acoge, que nos guarda bajo mantos de estremecida carne, sobre heridas cicatrizadas de otras vida.

Te muerdo con dientes de amor... la luna gira en su cielo para sacar la vida en su muerte, un minuto de amor basta para presenciar la dulce espera que producen los labios partidos a besos, el ruido del mundo es el ruido del placer compartido en la noche. Sé tú el límite de mis ojos, la palabra que quiebra el propio amor que en mi respira.

Te muerdo con dientes de amor... con la memoria de los labios entreabiertos.



Esther Ruiz

39.


 Me concediste
indulgencia plenaria
para el futuro descuidado,
y abriendo los ojos
ya sin prisas,
te susurro
desde el borde de mis labios...
nos hemos encontrado
sin sufrir memorias.

Esther Ruiz
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40.


Hay días que se abren ante una luz mayor, sin grietas, sin cuestas, libres.

Fijarse en los sentidos es como abrir el sueño a la distancia, entre dedos invisibles, sin quejas ni horas vagas. Ojos despiertos como lenguas de brisa, el cuerpo orillado recogiendo palabra esa es mi felicidad.

Intacta y reclinada la franqueza de quererte. Tú, una mitad que inventas. Yo, invento que existe. Residentes del misterio que vive voluntario entre dos voces voladoras.

Esther Ruiz.


41.


Las manos son inocentes, acuden siempre desprendidamente al contorno exacto de la madrugada.

Inventoras del pecado, aman al autor lento de su alegría. Acaban en delirio y mentira, cuando austeras, pierden la forma fiel de la mañana.

¿Que recorrido tienen las manos? Enamorarnos y resistir a nuestra propia muerte desde la caricia pura, blanca. Las manos son blancas, exentas de fondo.

A veces confunden la vida e inventan anillos donde aprisionar su forma libre, intacta. Por eso, quiero tus manos libres, sueltas, inocentes.

Esther Ruiz.


42.


Te debo la razón escapada del mapa, la alegría sola que me arranca de la duda, la historia, los siglos que ante mi pasaron queriendo con los ojos. El sueño que duermo, los párpados del aire, la cuenta distinta que se multiplica en la noche. El recuerdo sin olvido, las miradas de tiza, y el amor del hombre detrás de la sombra de sus codos, el sueño de cenizas húmedas.

Te debo el desnudo de los huesos, la palabra mía, mi conciencia, la sílaba necesaria para el silencio. El hambre del alma, del pan, los pulmones que se expanden abriendo al aire su vida, el temblor firme del jadeo agitado. La raíz honda de tu tierra, el dedo acusador, mi bello erizado, el hilo de mis dedos, el grávido amor que en ti deposito.

Te debo los brazos largos, el ceño fruncido, la libertad de la pena, la verdad segura, y te debo....la última forma de amar, como el que se debe al último amor.

Esther Ruiz.

43.


 

Estamos de mudanza sin habernos movido, tan de carne y hueso. Cada paso que doy es sin retorno.

Conspiran las palabras para ser nosotros, por bocas, por los libros, llevándonos muy cerca, mostrando como somos a quien ya no pueda conocernos.
 E.R

44.


 

Un mundo despejado, avanzando por el viejo suelo la infancia dormida y el olvido memorable. Asiéndome el verso desde el mismo borde del alma, por amarte lentamente con la indulgencia lenta que escucha. Detrás de la carne entregamos al día millones de palabras, y allí también te espero, para quedarnos solos, girando sobre cinco, diez, veinte años de ausencias, de imposibles realizados.

El alma resiste el peso de almanaques, más no resiste la vida ciega sobre un mundo que tiembla. Tropieza en mis manos el corazón mío, ahora que le dí lo que pedía, un mundo despejado.

Esther Ruiz.

45.


Orden de hojas blancas

escucho el mar.

Aleteo de aves

me van llevando

al contacto con la vida,

a la presencia que abraza.

Tranquila desdoblo el alma

entre las horas que fueron

y vinieron de ti.

Madura el instante

en la puntualidad astronómica,

en las almohadas vacías

que reclaman tiempo perdido.

Hacen mano y labios los días,

pidiendo abrirse en la mañana

despacio...hasta el fin.

Esther Ruiz.

INSTINTO PRIMERO.


Envuélveme insistentemente en los vocablos de la palabra ligera. ¿Es suficiente una vida para yacer sobre el verso herido? Un día completo sin tus ojos, es contemplar la pared gris de un muro de hormigón que consiente vivir bajo un cielo azul, inalcanzable ante sus dedos de cemento y arena.

Dirígeme las manos hacía el mismo centro del miedo, arranca el tropiezo torpe de mis días y sus noches, recomponiendo con tu voz el instinto primero de amarte. La gramática de los recuerdos rotos, emborronan el aire en la madurez de sus horas, pero tú difundes de la palabra de vida, con la realidad del sol en tu frente.

E.R

SILENCIO PROSCRITO.


No hay nombres sobre el asfalto, deambulo en el sueño como acercándome a un destino. Como un fantasma mudo, en una nación sin frontera. Silencio... proscrito y anónimo, dejo en ti mi cansancio de vida, el dolor de todos los hombres que sobre ti murieron. E.R

DICEN DE MI.


 



Vivir hacia arriba en la dulzura de este privilegio, entre las líneas extrañas de la sangre en vuelo, donde poco a poco agoniza y se muere la inolvidable pausa. Allí donde se forma palabra y boca verticalmente, resurrección más que muerte.

Dicen de mi... que creo el amor formando ondas, extensas ondas de carne y deseo, para que la gente que nos mire, observen sus manos sueltas y practiquen el milagro contagios de las sábanas comunes y las espaldas dormidas, hombro con pecho, sueño con tacto.

E.R

FULGIR


 



Qué dialogo angustiado el de la vida y la muerte.

Empújame al ingrávido ardor sin cálculo del cuerpo limpio y desnudo. Enroscada al pulso superviviente de debértelo todo, del amor que tú te enamoraste.

Dejar al cuerpo marcharse sin perfumes ni materias, sin el afán de no separarme de ti entre los labios, entre las delicias rápidas del rápido mundo. Desprendidamente, calcular los besos fúlgidos de tiempo para salvar los motivos y las causas de nuestra vida... de nuestra propia muerte.

El amor no es ciego, los ojos del que ama son justicieros como sus sombras flotantes sobre el agua.

El mundo es nuestro, porque anoche así lo quisimos.



Esther Ruiz

PRONUNCIACIÓN MUDA



Ya estoy de camino, sin detenerme por ir a buscarte. Donde se escribe, con lo que se escribe. En el tiempo infinito que muestran tus ojos, voy callando como el amor que lucha en la pronunciación muda de nuestra palabra.

E.R