Un mundo despejado, avanzando por el
viejo suelo la infancia dormida y el olvido memorable. Asiéndome el
verso desde el mismo borde del alma, por amarte lentamente con la
indulgencia lenta que escucha. Detrás de la carne entregamos al día
millones de palabras, y allí también te espero, para quedarnos
solos, girando sobre cinco, diez, veinte años de ausencias, de
imposibles realizados.
El alma resiste el peso de almanaques,
más no resiste la vida ciega sobre un mundo que tiembla. Tropieza en
mis manos el corazón mío, ahora que le dí lo que pedía, un mundo
despejado.
Esther Ruiz.
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