domingo, 3 de febrero de 2013

44.


 

Un mundo despejado, avanzando por el viejo suelo la infancia dormida y el olvido memorable. Asiéndome el verso desde el mismo borde del alma, por amarte lentamente con la indulgencia lenta que escucha. Detrás de la carne entregamos al día millones de palabras, y allí también te espero, para quedarnos solos, girando sobre cinco, diez, veinte años de ausencias, de imposibles realizados.

El alma resiste el peso de almanaques, más no resiste la vida ciega sobre un mundo que tiembla. Tropieza en mis manos el corazón mío, ahora que le dí lo que pedía, un mundo despejado.

Esther Ruiz.

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