Qué dialogo angustiado el de la vida y
la muerte.
Empújame al ingrávido ardor sin
cálculo del cuerpo limpio y desnudo. Enroscada al pulso
superviviente de debértelo todo, del amor que tú te enamoraste.
Dejar al cuerpo marcharse sin perfumes
ni materias, sin el afán de no separarme de ti entre los labios,
entre las delicias rápidas del rápido mundo. Desprendidamente,
calcular los besos fúlgidos de tiempo para salvar los motivos y las
causas de nuestra vida... de nuestra propia muerte.
El amor no es ciego, los ojos del que
ama son justicieros como sus sombras flotantes sobre el agua.
El mundo es nuestro, porque anoche así
lo quisimos.
Esther Ruiz
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